Podría decirse que a mi novia y a mí nos gusta pensar a futuro. Después de seis años de relación es normal que nuestras conversaciones dejen de ser sobre lo que hemos hecho, y traten sobre lo que vamos a hacer. Si nos casamos, ¿Boda grande o mejor gastamos el dinero en nosotros? ¿Compramos una casa pequeña o rentamos en algún lado? ¿Te quieres quedar a vivir en México? Este tipo temas son ampliamente platicados y considerados, y nuestras decisiones al respecto raramente duran mucho. Excepto por un tema: ¿Dónde estudiarían nuestros hijos?

Alice y yo habíamos decidido que cualquier hijo nuestro estudiaría en la escuela que la formó a ella. Esta decisión fue tomada hace ya mucho tiempo, y no había sido sujeta a cuestionamientos. Hasta ahora.

Por la naturaleza controversial de nuestros escritos, es natural que seamos objeto recurrente de crítica y oposición. Nada que no podamos manejar. Sin embargo, un fenómeno inesperado se ha hecho notar: Alice recibe mucha más resistencia que yo, ocasionalmente acompañada por daños colaterales, como el distanciamiento de antiguas amistades.

Hemos dedicado mucho tiempo a entender la razón de este fenómeno. Dudo que sea tema de calidad, dado que mis opiniones son probablemente más controversiales que las suyas. Tampoco es tema de cantidad, ya que yo he publicado más artículos que ella. Entonces ¿Qué está pasando?

La primera explicación que se me ocurre tiene que ver con su género. Tal vez el hecho de que ella sea mujer la hace ver más vulnerable a la crítica. Adicionalmente, su condición como mujer anti-feminista la ha hecho blanco obvio de mucha crítica por parte de las personas que creen que tu “identidad” define, o por lo menos debería definir tus opiniones políticas.

La segunda explicación es el tiempo. Yo llevo mucho más años en el negocio de la opinión controversial que mi novia. Mientras los que me conocen saben como soy y como me pongo, es natural que algunos conocidos de mi novia no estén al tanto de sus opiniones políticamente incorrectas. En consecuencia, es más probable que ella reciba mayor cantidad de mensajes de personas ofendidas, o de esas que buscan “salvarla”.

No fue hasta hace unas semanas que pudimos entender la causa. Nos encontrábamos juntos, solos, riéndonos de esta gente que tanto parece importarles nuestra opinión. En específico de un mensaje que ella había recibido hace tiempo. No tengo la transcripción literal, pero de manera general el mensaje en cuestión expresaba la siguiente idea:

“No puedo creer que alguien que recibió la misma educación que yo pueda pensar de esta forma”.

No era la primera vez que nos reíamos de esta idea, pero ese día todo hizo sentido. Es la escuela. La razón por la que Alice se enfrente a tanta resistencia es la escuela a la que asistió.

Tiene sentido. Después de todo, la gran mayoría de los mensajes recibidos por Alice procedían de gente con la que ella había estudiado. El hecho de que no nos conociéramos hasta la universidad ayudaba a soportar esta teoría, ya que nuestros grupos de amigos y conocidos eran casi totalmente distintos.

Era claro entonces que la educación que nuestros grupos habían recibido era diferente. Aún cuando ambas escuelas ofrecían educación académica de calidad, algo estaba pasando con la suya que la hacía  propensa a producir… bueno, chairos y feminazis. (Con propensidad, me refiero a que dentro de los grupos de personas que conozco y considero como tales, la gran mayoría proviene de la misma preparatoria que Alice. Esto no quiere decir que todos lo sean, y no es mi intención insinuar lo contrario. Salvo contados elementos, tengo una buena opinión de los alumnos de esta institución… pero estoy divagando.)

Ahora bien, ¿Cuál era el factor que había ocasionado esto? Como podrán imaginarse por haber leído el título del presente artículo, su escuela era laica.

Soy una persona -clasicamente- liberal en lo político. Entiendo y respeto la importancia de una educación laica. No es sensato pretender que las teorías creacionistas tienen lugar en la materia de Ciencias Naturales, por ejemplo. Sin embargo, esto no quiere decir que las instituciones religiosas no deban poder manejar sus propias escuelas. Y de hecho, este arreglo puede presentar un gran efecto práctico y positivo. La ideología religiosa puede actuar como filtro contra la introducción de ciertas ideologías mucho menos benignas. En este caso, la famosa ideología de género.

Para los efectos del presente artículo, me referiré como ideología de género a la corriente del pensamiento que considera que conceptos como el género y la preferencia sexual son constructos sociales afectados de manera mínima o nula por factores biológicos. En otras palabras, que los géneros y sus roles no existen, y su concepción depende por completo, o en su gran mayoría, de factores sociales.

Para el no iniciado, esto puede parecer inocuo. Sin embargo, las consecuencias materiales de esta ideología pueden verse en el mundo occidental. En Estados Unidos y Canadá por ejemplo, se habla mucho de la terapia de reemplazo hormonal, que como su nombre lo indica, es la manipulación hormonal de una persona para que su cuerpo cambie para asemejarse al sexo con el que se identifica. De esta forma, un hombre que se identifica como mujer puede modificar su apariencia. Honestamente no tengo problema con este tipo de procedimientos, sin embargo ¡Lo que se encuentra en discusión es su aplicación en menores! No es necesario explicar por qué no quiero este tipo de influencias cerca de mis hijos. Si un menor no puede tomar una cerveza o hacerse un tatuaje, mucho menos alterar artificialmente sus hormonas.

Es fácil ver que como estudiante de escuela Marista durante doce años, no me vi expuesto a la ideología de género en el salón de clase. La razón es simple, la ideología de género y el feminismo profesan posiciones diametralmente contrarias al pensamiento católico -tradicionalmente conservador- en este tema. Alice y otras personas me han contado que sus experiencias fueron muy distintas. He escuchado historias sobre viejos y nuevos maestros con agendas personales que incluyen el esparcimiento de estas ideologías en las mentes adolescentes -algo que de ninguna manera intentan ocultar, y hasta presumen-.

Al razonar todo esto, no era necesario expresar nuestra conclusión, pero lo hice todas formas. Sugerí que no era buena idea que cualquier futuro hijo acudiera a dicha institución. Moción aceptada. Sugerí entonces que probablemente una escuela Católica, como la mía, sería buena protección contra la contaminación de la mente de nuestros hijos. Moción aceptada.

Cuando sea padre tendré el derecho de decidir que educación recibirán mis hijos. Inscribir a mis hijos en una escuela Católica parece ser la mejor forma de resguardarlos contra la influencia de la ideología de género. Mis hijos no serán chairos. Mis hijos no serán feministas.

Advertisements