La próxima vez que Donald Trump declare que México pagará por su amado muro, deberíamos aceptar, bajo una simple condición: que el muro se construya alrededor de la Ciudad de México.

Parece broma, pero por cada noticia que miro la Ciudad de México, más que centro económico del país, parece un tumor cancerígeno que debe ser extirpado. No sé si es la contaminación del aire, del agua, la altura o el sentimiento de apando al estar encerrado como sardinas en este lugar, pero hay algo en la Ciudad de México que vuelve a la gente loca, y esto se refleja especialmente en sus leyes. Ya sea en las sandeces contenidas en su Constitución o en sus propuestas de ley, como por ejemplo, la del impuesto a la plusvalía.

Hoy hablaré de una de estas leyes: la Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal, promulgada en tiempos de (quién otro) Andrés Manuel López Obrador.

Siempre he pensado que una de los mayores indicadores de madurez mental y política, es la concepción que cada persona tiene del rol que cumple el Estado para una sociedad. Una persona madura ve el rol del Estado como ser el encargado del reconocimiento y defensa de normas mínimas que aseguren la convivencia pacífica entre los individuos, procurando mantener un grado de libertad tan alto como sea posible. De esta forma, la persona madura reconoce la diferencia entre el comportamiento indeseable y el comportamiento impermisible, y no busca usar el Estado para atacar cualquier conducta a la que se opone.

Por otro lado, una persona inmadura, cegada por la sed de poder que tanto caracteriza a esta posición, ve al Estado como una herramienta o hasta como un arma para moldear la sociedad a su gusto. La libertad es secundaria en comparación con la importancia de sus grandes ideas. Al contrario de una persona madura, para una persona políticamente inmadura, las conductas ligeramente contrarias a su ideología deben desaparecer por completo.

Es por esto que me sorprendió el contenido del primer artículo de la ley anteriormente referida, mismo que habla sobre su propósito:

“Artículo 1.- La presente Ley es de orden público e interés social, regirá en el Distrito Federal y tiene por objeto:

a) Establecer reglas mínimas de comportamiento cívico;

…”

El establecimiento de “reglas mínimas” es exactamente el tipo de lenguaje que una persona usa al hablar de la finalidad del Estado y del Derecho. Sin embargo, la madurez de esta ley no llega mucho más lejos de su primer artículo, después de todo, esta fue la ley que permitió a Tamara Anda alias “Lady Plaqueta” mandar a un taxista al tambo por veinticuatro horas por el simple hecho de expresar su mal gusto en mujeres. En sí, el artículo culpable fue el siguiente:

“Artículo 23.- Son infracciones contra la dignidad de las personas;

I. Vejar o maltratar física o verbalmente a cualquier persona;”

Para la RAE, las palabras “vejar” y “maltratar” tienen el siguiente significado.

“Vejar”
1. tr. Maltratar, molestar, perseguir a alguien, perjudicarle o hacerle padecer.

“Maltratar”

1. tr. Tratar mal a alguien de palabra u obra.

2. tr. Menoscabar, echar a perder.

Como podemos ver, ambas palabras tienen significados bastante amplios para ser una conducta sancionable, “molestar”, “perseguir”, “perjudicar”, “parecer”, son palabras que no llevan en sí un estimado de gravedad; pueden haber grandes y pequeñas molestias, persecuciones, etc. La forma en la que la ley está escrita daría a pensar que cualquier conducta verbal que “moleste” o “perjudique” a otra podría ser sancionada, sin importar lo insignificante que dicha conducta o sus efectos pudieran ser.

Al encontrarse con tal deficiente trabajo legislativo, no queda otra más que acudir y confiar en el poder judicial, para que en uso de su potestad de interpretar la ley, impida el escenario tragicómico en el que cualquier insignificante palabra pueda ser objeto de sanción jurídica. Y como era de esperarse en México, el resultado fue todo lo contrario, pues como ya sabemos el taxista de gustos desafortunados fue condenado a 24 horas de corralón por el simple hecho de decirle “guapa” a Tamara.

Es aquí cuando debemos recordar la importancia de ser políticamente maduros: la ineptitud legislativa y judicial ha puesto un arma legal en las manos de cada persona, y ha lanzado una clara advertencia: habla con la gente bajo tu propio riesgo, que hasta los cumplidos pueden ser castigados por la ley. Y yo que pensaba que la libertad de expresión era derecho humano.

Claro, que como es el caso con cualquier otra ley, existe gente privilegiada que no tiene que preocuparse por ella. Después de todo, no es la palabra la que te hace acreedor de una sanción, sino el rechazo a dicha palabra. Las personas de buen ver, o que presenten alguna otra característica que ayude a suavizar el asunto difícilmente se verán afectados por esta ley, los feos y pobres no tendrán tanta suerte. Ejemplo claro de esto existe en la diferencia de reacciones que tuvo nuestra protagonista al ser llamada guapa por un taxista y por el “Señor Covadonga”, en lo que parece ser una epidemia de mal gusto de proporciones no vistas desde la entrada a la fama de Katy Perry.

covadonga

No me sorprendería que el presente artículo cayera sobre varios oídos sordos, existirán personas que siempre considerarán a Tamara Anda como una heroína, luchando contra la opresión mediante el uso de leyes arbitrarias que le favorecen, para luego aparecer en talleres, entrevistas y periódicos para contar su valerosa historia. Yo no, para mí Tamara Anda se unió a Daiana Guzmán en el creciente grupo de las mujeres que toman ventaja de falsos casos de violencia sexual para hacer fama a su nombre.

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