¿Las mujeres a la cocina?

En mi familia crecí con un ambiente no muy común ni fomentado, quien sabe cocinar es mi papá. En mi vida he disfrutado de su sazón escasas veces, pero el gusto que tiene por la cocina se contagia. Mi mamá es harina de otro costal, prefiere mantenerse alejada del caos que implica preparar una comida, pero cuando se anima, no hay mano más santa ni más bendecida que la de ella para preparar el arroz con leche más maravilloso del mundo. Ese es su mero mole, entre otras cosas.

Ambas ramas de mi árbol genealógico fueron privilegiadas con mujeres que de generación en generación han heredado su don para cocinar; sin embargo, a mi generación este conocimiento no llegó del todo. A mí no me enseñaron a cocinar en casa y desgraciadamente ninguna de mis abuelitas está para que pueda enriquecerme de su experiencia. En mi familia han sido pocas las ocasiones en las que se cocina debido a la dinámica de nuestra rutina: muchas clases, mucho trabajo. Se ha ocupado más el tiempo fuera de casa, situación que no es muy diferente de lo que viven muchas familias en la actualidad.

Entre mi hermana y yo, fui la que más expresó un deseo constante por aprender a cocinar. El flechazo se dio cuando vi de pequeña a una de mis primas lejanas, de la misma edad que yo (en ese entonces unos once o doce años), ayudar a mi tía-abuela a preparar la comida para la familia. Ella sola, sin necesidad de recibir dirección, podía hacer un pozole digno de reyes o un buen mole y todo le salía maravillosamente bien. Yo mientras tanto apenas podía cortar una manzana decentemente a la mitad para desayunar. Si partía un huevo se me iban mil pedazos de la cáscara y pelando papas o zanahorias desperdiciaba muchísimo. Envidiaba en un buen sentido el talento de mi prima, que creció en una de esas ramas del árbol familiar, donde las mujeres aún enseñaban a las más pequeñas a cocinar.

Más de una vez escuché a mis familiares alabar la sazón de mi prima con el clásico “Ya te puedes casar”. Yo aspiraba a tener el mismo reconocimiento que ella al ver lo bienvenida que era siempre su comida en la mesa. Así que a pesar de no tener a mis abuelitas conmigo y ya que mi mamá trabajaba desde temprano, durante las vacaciones me iba a las seis de la mañana con mi tía-abuela para ayudarle a preparar la comida de la familia. Me enseñó a escoger las verduras, a cortarlas correctamente, a lavar y limpiar la carne, a limpiar los chiles y quemarlos, a familiarizarme con las especias, a sazonar, freír, hervir, hornear…

Durante mi aprendizaje me corté muchas veces la yema de los dedos, me quemé con azúcar hirviendo y me ardieron los ojos por tocarlos cuando había cortado o limpiado chiles (era necia en no cubrir mis manos como debía), pero pronto dominé cada una de esas tareas y mis habilidades mejoraron mucho (ya no me ando volando los dedos). Mi arroz comenzó a ser perfecto sin pegarse o batirse, separar claras de yemas se volvió literalmente pan comido, mi empanizado dejó de despegarse de la carne. Después de entregarme a una actividad que tradicionalmente se ha adjudicado a las mujeres como obligatoria, con tanto empeño y dedicación, llegó el día en que mis familiares comenzaron a decirme “Ya te puedes casar”.

Me sentí orgullosa, a mis escasos dieciséis-diecisiete años la gente cercana a mi (la que considero más importante) ya reconocía mi disciplina, mis ganas de aprender y mi comida. Conforme crecí me interesé en cualquier espacio en la ciudad que abriera la posibilidad de aprender algo más: panes, dulces, pasteles… lo que fuera, estuviera de moda o no (llámense cupcakes, o cake pops, entre otros), lo importante era aprender.

Como fan de las redes sociales (y, sobre todo: adolescente), subía todas las fotografías de lo recién cocinado “cacareando” el resultado de mis recién adquiridas habilidades en la cocina. (Y digo cacarear porque no olvido que fue el término que alguna vez un jefe mío, a quien respeto mucho, usó en un consejo que me dio: “tus logros, el resultado de tu trabajo, todo lo que sea para bien o valga la pena resaltar cacaréalo, dale luz”. Aunque claro, en un ámbito político puede llegar a ser de más utilidad porque de alguna forma la gente siempre espera ver buenos resultados, sin embargo, el consejo ha permanecido conmigo siempre). De esta forma, hubo gente que me empezó a ubicar como alguien que disfruta mucho de cocinar: no faltaron comentarios positivos que agradezco mucho, ni quienes pedían uno que otro consejo (o bocado).

Un día recibí un “Ya te puedes casar” de una persona que respeto mucho y que me formó profesionalmente al inicio de mi carrera como abogada. Me sorprendió mucho de manera positiva, a pesar de que la persona en cuestión nunca había probado nada preparado por mí. Fue un comentario que implicaba una confianza a ciegas en mi gusto por la cocina, un reconocimiento a una habilidad que, para ser honestos, ya no todas las mujeres están interesadas en adquirir (cada quien tendrá sus motivos, y por supuesto: sin generalizar).

Sin embargo, en mi historia hubo un ligero giro que desvió el interés de la comida a la sección de comentarios: hubo un nuevo punto de vista que expresó en términos simples que ser mujer no debe determinarse por su cuerpo ni por el papel que la sociedad le imponga para preservar “el mundo patriarcal y machista”. Era 2013 y aunque los debates feministas se remontan desde hace décadas, yo aún no estaba interesada en sumergirme en ellos; sin embargo, este comentario causó un profundo impacto en mi por dos sencillas razones.

La primera es que alguien con quien compartí seis años de estudio, de alguna forma asumiera después de haberme conocido, que yo cargaba con una educación que me dejaba en un plano de susceptibilidad a lo que la sociedad dictara que era correcto para mí. Lo anterior, evidentemente, por aceptar un comentario “machista”, por permitir que se reafirmara una idea “patriarcal” en mi persona y que a la larga daba lugar a permitir que alguien que no fuera yo tomara decisiones por mí. Nada más alejado de la realidad, pues la educación que he recibido tiene cimientos muy fuertes en el respeto que debo tener hacia mi persona y que debo exigir para la misma, sobre el respeto que debo tener hacia los demás, y sobre ganarse el respeto.

“No te calientes comal, que no es para ti la tortilla.”

La segunda razón, fue simplemente el efecto del comentario “machista”. Alguien que no soy yo se tomó como algo personal un comentario que en primer lugar no iba dirigido a su persona. Alguien se tomó la libertad de ofenderse por mí. Al meter su cuchara y a mi entender, lo único que buscaba resaltar (de una manera noble) era que hasta en los más pequeños detalles (una frase, por ejemplo), arrastramos una cultura patriarcal que mantiene “sumisa” a la mujer, que le impone un sistema de reglas o costumbres que no ayudan a la misma a alcanzar un plano de igualdad con el hombre.

El detalle está en que muy a su estilo, ese otro comentario puede orientarse a que yo cambie mi actitud frente a una frase que para mí no tiene nada de ofensiva, alguien quiso decidir lo que debe parecerme incorrecto, sin mi permiso. Esto a manera de una breve invitación a “ponerle un alto” a esta situación, a prestar atención a lo que me digan, en especial cuando viene de alguien a quien admiro y respeto pues la violencia puede empezar con los más cercanos. Finalmente, se me plantea que no se trata de mi o de cualquier otra mujer, sino del universo en el que vivimos.

Nada de malo con plantear una opinión, ¿pero es válido si de alguna forma quiere orillarme a pensar a su manera sin tomar en cuenta mi parecer, cuando eso es precisamente lo que quiso evitar que pase conmigo con la primera opinión? ¿O sólo es válido tachar de incorrectas las cosas que no nos parecen? En primer lugar, ¿Esto significa que debo cuestionarme y dudar de cualquier cosa que una persona a quien admire y respete me diga, así sea miembro de mi familia y que siendo cercana a mi yo tenga la certeza de que va con la mejor intención? ¿Significa que debo anteponer al universo sobre mi persona, aún si lo que es bueno para otros no lo es para mí? ¿Por qué otros quieren que yo decida o acepte como bueno únicamente lo que dentro su manera de pensar, en efecto, se considera bueno? ¿Debo comenzar a considerarme ofendida y mostrarme cautelosa con todo lo que me digan?

Reitero, tradicionalmente cocinar en el hogar se ha visto como cosa de mujeres: “mujer que guisa, se casa aprisa”, reza el dicho. En una cara de la moneda existe una cultura machista que roba encanto a la frase y en la otra, aún vive una idea común que muchos de nosotros hemos dicho a alguien que queremos con la expresión “Ya te puedes casar” en tono de broma para hacerle saber que nos gustó su comida. ¿Está mal conservar el dicho, repetirlo? Pienso que no. ¿A cuántas personas les han dicho en el mismo contexto “Ya te puedes casar” y jamás lo hicieron? Da hasta vergüenza tener que explicar lo obvio: se trata de un dicho muy popular, parte de la cultura general, no patriarcal. La intención y contexto con que se diga es diferente, aunque siempre hay gente que hasta lo que no come le hace daño.

Es cierto que en muchos hogares a nivel mundial y no sólo del país, aún es la mujer la que cocina y esto ha sido un tema debatido por feministas. Está más que claro que existen mujeres que ven la cocina como símbolo de esclavitud o como un trabajo poco valorado por los demás. Hay quienes aprenden por obligación y quienes lo hacen por gusto, como es mi caso. Siempre he pensado que en la cocina está el pretexto perfecto para hacer bien a los demás, para compartir lo bueno, para convivir, para alimentar.

Para cualquier persona que, como yo, no está buscando ofender o sentirse ofendido por un dicho popular, el fondo del mismo puede reflejar una idea positiva de la calidad de la comida que se va a consumir y de la persona que la preparó. Fuera del concepto de matrimonio, la idea de que una mujer que cocine bien pueda aportar una comida rica, que una a la gente en la mesa y que reconforte, se me hace increíble. Muchos han gozado del privilegio de tener una abuelita que les consienta con un buen plato de su comida favorita o con una mamá que les prepare algo calientito y ligero cuando están enfermos.

Tal vez es esa la razón por la que alguien que cocina bien puede casarse, tal vez es ésta la razón por la que tradicionalmente se asocia a la mujer con la cocina y con la figura de buena esposa. O tal vez no. De mi boca no saldrá la última palabra, pero creo firmemente que, si a mí como mujer se me ubica como alguien que puede portar la bandera de la responsabilidad de la buena cocina, no puedo más que considerar que hasta cierto punto se me está reconociendo en una posición cultural privilegiada, pues implica que puedo ser esa mujer que une, que reconforta y deja un buen sabor de boca a los que quiere.

A lo mejor estás de acuerdo, a lo mejor no y es válido. No pretendo entrar a debates feministas (yo misma no me considero una), por hoy mi intención es compartirte mi primer encuentro consciente desde una de las caras de la moneda en la que se asumió y cuestionó de alguna forma mi manera de pensar y conducirme y en la que alguien más resultó indignado por algo que nunca representó un ataque. Como aclaración a parte: soy consciente de que existen muchos tipos de feminismo y que el movimiento no pretende ir en contra de las mujeres que deciden trabajar o de quienes deciden ser amas de casa. No está en contra de saber cocinar. (Y como dato, ¡es bien sabido que muchos hombres cocinan mejor!)

“A cada quien le toca escoger, la cuchara con la que ha de comer”, que cada uno decida por sí mismo lo que es bueno para su persona y que nadie quiera adjudicarse libertades que no le pertenecen.

En el menú de hoy, como plato principal hay lentejas: si las quieres las tomas y si no, las dejas.

Collage: “Red Goo” by Eugenia Loli.
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